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Sed y melancolía después de “El día que Nietzsche lloró”

“Hay quienes no pueden aflojar sus propias cadenas y sin embargo pueden liberar a sus amigos. Debes estar preparado para arder en tu propio fuego: ¿Cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?” Así habló Zaratustra. (Epígrafe en El día que Nietzsche lloró).

Por: @DayanaLeonF

Pocas veces, en medio de las cotidianidades de la vida y de las urgencias de cada momento, se puede lograr detenerse en un libro y adentrarse, una y otra vez, en sus páginas. Sin embargo, no puedo dejar de compartir las experiencias que viví con El día que Nietzsche lloró, novela escrita por Irvin D. Yalom, psiquiatra judeo-estadounidense.

Además del filósofo Friedrich Nietzsche, la historia se teje y logra entrelazar personajes conocidos como Lou Andreas-Salomé (escritora alemana de origen ruso), Sigmund Freud (padre del psicoanálisis), Josef Breuer (médico y psicólogo austriaco), Richard Wagner (compositor alemán) y Paul Rée (filósofo judío alemán).

El libro atrae desde sus inicios, cuando Josef Breuer lee nuevamente una pequeña tarjeta de borde plateado, recibida un día antes de la cita, que a futuro lo conectaría con Friedrich Nietzsche: “21 de octubre de 1882. Doctor Breuer: Quisiera verle por un asunto muy urgente. El futuro de la filosofía alemana depende de ello. Le espero mañana a las nueve de la mañana en el café Sorrento. Lou Salomé”.

Existen momentos de la obra que nos llaman a la conciencia, al querer o al deber ser, pero que se narra de manera tal, que logra involucrarnos al interior de nuestras realidades, de lo que vivimos o de lo que callamos.

“Hace mucho aprendí que es más fácil enfrentarse a la mala reputación que a la mala conciencia. Además, no soy ambicioso: no escribo para la multitud. Y sé ser paciente. Puede que mis alumnos no hayan nacido aún. Sólo el pasado mañana me pertenece. ¡Algunos filósofos nacen después de la muerte!” (El día que Nietzsche lloró).

En ocasiones, volver a los filósofos, nos hace reflexionar de lo que pudo o puede ser nuestras vidas. Matizadas por situaciones inesperadas, por desencuentros amorosos y, sobre todas las cosas, por situaciones que a veces nos parecen irracionales.

Y como pasa al final de cada obra, nos queda sed y melancolía, y recuerdo entre líneas como va cerrando magistralmente Irvin D. Yalom, la novela de ficción, con un diálogo entre Nietzsche y Josef Breuer, antes de despedirse de forma definitiva.

“No subestime lo que me ha dado, Josef. No subestime el valor de la amistad, el valor que tiene el hecho de que ahora yo sepa que no soy un monstruo, el hecho de que sepa que soy capaz de tocar y aceptar que me toquen. Antes, abrazaba sólo a medias mi concepto del amor fati. Me había adiestrado, mejor dicho, me había resignado a amar mi destino. Pero ahora, gracias a usted, gracias a su casa abierta, me doy cuenta de que tengo elección. Siempre estaré solo, pero qué diferencia, qué diferencia maravillosa, poder elegirlo. Amor fatí: elegir nuestro destino, amar nuestro destino.”

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